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Mostrando las entradas de agosto, 2011

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Van ciento dieciséis días sin ti. En realidad, no cuento el tiempo para decírtelo sonriendo cuando te vea. Lo hago para saber en qué momento me dejas de importar. Cuándo dejaré de soñarte y de pensarte; de recordar tu olor y tus besos; de soñar que estoy contigo en un avión a Barcelona. Lo hago para mantenerme vivo y cerrar de a poco la herida que dejaste abierta en mi vida. No tengo nada. Y de eso, claro está, tú no tienes la culpa. Sólo es que tú hacías los días más soportables, más llenos. Hasta con tus arranques de princesa le dabas algo a mis tardes y a mi ciudad.
Hoy compraré dos copas y tres botellas de vino. Llenaré las dos aunque la tuya se quede llena. Nunca bebiste demasiado conmigo, dos o tres micheladas que, definitivamente, no puedo volver a probar. Cantaré canciones que no conoces y algunas que te escribí. Probablemente ya las olvidaste o, mejor dicho, nunca las aprendiste.
Te quise tanto que duele un poco pensar que debo querer igual. Una cajetilla de cigarros completa…