miércoles, julio 15, 2015

Causalidades II

Queridos, desocupados e inexistentes lectores, les debía esta entrada que es la segunda parte de la anterior y pues aquí va. Uno de los problemas mayores de escribir cada dos años en este blog es que uno pierde el hilo de las cosas, y en dos años han pasado tantas que los hilos ya son una madeja que se pierde en mi memoria. Así que acabaré la entrada de las causalidades y empezaré --lo juro-- a escribir nuevamente en este blog que empecé en el año 2006. En la entrada de la siguiente semana les contaré de los blogs y los pondré al tanto en mi vida. También prometo actualizar las ligas que tengo en la columna de la derecha, porque muchos de los blogs ya pasaron a mejor vida y creo que ya nadie escribe en blogs, excepto la protagonista de estas causalidades de la que ya les pasaré el vínculo.
  Estábamos, entonces, que me dieron la beca de la Fundación para escribir un libro de cuentos. La beca la obtuve gracias a que uno de esos amores juveniles y necesarios imprimió mis hojas y las llevó cuando yo ya me había decidido a no hacerlo. Esa muchacha se quedó atrás incluso antes de que yo iniciara mi periodo como becario, pero el daño estaba hecho y yo estaba instalado en un escritorio de Liverpool 16. Ahí, en ese escritorio, pasé dos años de mi vida gracias a que (y aquí viene el resumen que toda película mala debe hacer a la mitad) mi padre fue al Encuentro de Poetas del Mundo Latino, ahí conoció a MM, por MM se reencontró con un viejo y querido amigo que me convenció de solicitar la beca e hizo que escribiera un proyecto que una muchacha de antes, antes, muy antes llevaría a la FLM. Hasta aquí va todo en orden.
  En la Fundación escribí un libro que espero pronto se edite en versión completa, porque se publicó una parte en la UAM, mi primer hijo se llama Campanario de luz, digamos que es como el EP, el Long Play se llama Para velar su sueño y trata de una suicida y la ciudad de México y mis enamoramientos y mis amigos y ya. En un día de estos (prometo que no serán otros dos años) les pongo el vínculo de descarga para que lo lleven en sus corazones y en sus Ipads. Gracias a que yo estuve en la Fundación, mi hermano menor, M el mago, solicitó al año siguiente la beca también, aunque en el área de Dramaturgia. Como es teatrero de los buenos, lo aceptaron y estuvo, al igual que yo, dos años en ese sacrosanto edificio de la colonia Juárez. Yo cumplí mi ciclo en la FLM y salí, aunque mi carnal se quedó un año más. Ahí hizo lo mismo que yo, escribir, leer, dudar y conocer gente de toda calaña: buena, mala, rara, tímida, hojaldra, chida, etcétera. Así, entre sus compañeras estaba una particularmente bella que, para mi desgracia, andaba en otros menesteres amorosos, al igual que yo, que andaba entre la desazón y la sed de los besos de una muchacha que ocupó algunas de mis tardes. 
  Así la chica particularmente bella y yo andábamos entre las mismas calles sin encontrarnos y con el corazón perdido. En una lectura que organizó la Fundación participó M (no se olvide que él entró porque yo le pasé la convocatoria, y yo a mi vez entré porque me pasó la convocatoria el querido y viejo amigo de mi padre, con el que se reencontró después de conocer a MM y que conoció porque fue a un encuentro de poetas), y en ella iban a leer fragmentos de artículos publicados en la revista que yo editaba y, hasta la fecha, edito. Sinceramente no pensaba ir. Tomar el auto e irme del sur hasta el poniente, es decir, de la Rectoría hasta una casa de cultura en San Pedro de los Pinos, en viernes, no me parecía una idea agradable. Al final me decidí porque no tenía otra cosa mejor que hacer y, de paso, le daba un aventón a M hasta nuestro reducto en Nezayork.
   Llegué, tarde, pero llegué, y me tocó sentarme junto a la muchacha particularmente bella que lidiaba con un terrón de azúcar entre los dientes. Al finalizar la lectura, intercambiamos algunas palabras y la dejé en Eje Central, sin visos de que, al final, durante varios meses caminaríamos las mismas calles y habitaríamos el mismo espacio en el centro histórico.
   El amor en los tiempos del féisbuc no fue distinto para nosotros. Nos hicimos "amigos" y compartíamos "likes" en algunas de nuestras publicaciones. Un día venturoso, a finales de junio, encontré entre mis mensajes uno de la muchacha particularmente bella en donde me invitaba a salir. Yo, que estaba francamente borracho, lo leí pero no fue sino hasta unos días después que le contesté que me pasara su teléfono. El porqué me invitó a salir también tiene su historia, pero esa le pertenece a ella y sólo ella puede contar cómo llegó a escribirme para invitarme a salir. El asunto es que yo estaba un 5 de julio, afuera de López 28, con una botella de agua y un cigarro en los labios esperando a que bajara para concretar nuestra primera cita. Bajó, con esa belleza única que se carga, y entre mezcales y cervezas nos besamos. Y ahí, de ese encuentro de poetas al que invitaron a mi padre llegamos a cuatro paredes que nos resguardaron del mundo durante varias noches.
    Ahora, estamos casados y esperamos una hija, el anillo en mi anular izquierdo sólo deja su lugar por las noches y aprendemos juntos a enfrentar la vida. Las causalidades me llevaron a su lado, y queda la duda de saber si alguno de todos los hechos relatados aquí se hubieran presentado de otro modo nos hubieran llevado al mismo lugar. Personalmente, creo firmemente que sí, que mi lugar en este mundo, y el de mis letras y el de mi música es junto a ella. Junto a esa muchacha particularmente bella. Así las cosas,


JFC

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