miércoles, julio 15, 2015

Causalidades II

Queridos, desocupados e inexistentes lectores, les debía esta entrada que es la segunda parte de la anterior y pues aquí va. Uno de los problemas mayores de escribir cada dos años en este blog es que uno pierde el hilo de las cosas, y en dos años han pasado tantas que los hilos ya son una madeja que se pierde en mi memoria. Así que acabaré la entrada de las causalidades y empezaré --lo juro-- a escribir nuevamente en este blog que empecé en el año 2006. En la entrada de la siguiente semana les contaré de los blogs y los pondré al tanto en mi vida. También prometo actualizar las ligas que tengo en la columna de la derecha, porque muchos de los blogs ya pasaron a mejor vida y creo que ya nadie escribe en blogs, excepto la protagonista de estas causalidades de la que ya les pasaré el vínculo.
  Estábamos, entonces, que me dieron la beca de la Fundación para escribir un libro de cuentos. La beca la obtuve gracias a que uno de esos amores juveniles y necesarios imprimió mis hojas y las llevó cuando yo ya me había decidido a no hacerlo. Esa muchacha se quedó atrás incluso antes de que yo iniciara mi periodo como becario, pero el daño estaba hecho y yo estaba instalado en un escritorio de Liverpool 16. Ahí, en ese escritorio, pasé dos años de mi vida gracias a que (y aquí viene el resumen que toda película mala debe hacer a la mitad) mi padre fue al Encuentro de Poetas del Mundo Latino, ahí conoció a MM, por MM se reencontró con un viejo y querido amigo que me convenció de solicitar la beca e hizo que escribiera un proyecto que una muchacha de antes, antes, muy antes llevaría a la FLM. Hasta aquí va todo en orden.
  En la Fundación escribí un libro que espero pronto se edite en versión completa, porque se publicó una parte en la UAM, mi primer hijo se llama Campanario de luz, digamos que es como el EP, el Long Play se llama Para velar su sueño y trata de una suicida y la ciudad de México y mis enamoramientos y mis amigos y ya. En un día de estos (prometo que no serán otros dos años) les pongo el vínculo de descarga para que lo lleven en sus corazones y en sus Ipads. Gracias a que yo estuve en la Fundación, mi hermano menor, M el mago, solicitó al año siguiente la beca también, aunque en el área de Dramaturgia. Como es teatrero de los buenos, lo aceptaron y estuvo, al igual que yo, dos años en ese sacrosanto edificio de la colonia Juárez. Yo cumplí mi ciclo en la FLM y salí, aunque mi carnal se quedó un año más. Ahí hizo lo mismo que yo, escribir, leer, dudar y conocer gente de toda calaña: buena, mala, rara, tímida, hojaldra, chida, etcétera. Así, entre sus compañeras estaba una particularmente bella que, para mi desgracia, andaba en otros menesteres amorosos, al igual que yo, que andaba entre la desazón y la sed de los besos de una muchacha que ocupó algunas de mis tardes. 
  Así la chica particularmente bella y yo andábamos entre las mismas calles sin encontrarnos y con el corazón perdido. En una lectura que organizó la Fundación participó M (no se olvide que él entró porque yo le pasé la convocatoria, y yo a mi vez entré porque me pasó la convocatoria el querido y viejo amigo de mi padre, con el que se reencontró después de conocer a MM y que conoció porque fue a un encuentro de poetas), y en ella iban a leer fragmentos de artículos publicados en la revista que yo editaba y, hasta la fecha, edito. Sinceramente no pensaba ir. Tomar el auto e irme del sur hasta el poniente, es decir, de la Rectoría hasta una casa de cultura en San Pedro de los Pinos, en viernes, no me parecía una idea agradable. Al final me decidí porque no tenía otra cosa mejor que hacer y, de paso, le daba un aventón a M hasta nuestro reducto en Nezayork.
   Llegué, tarde, pero llegué, y me tocó sentarme junto a la muchacha particularmente bella que lidiaba con un terrón de azúcar entre los dientes. Al finalizar la lectura, intercambiamos algunas palabras y la dejé en Eje Central, sin visos de que, al final, durante varios meses caminaríamos las mismas calles y habitaríamos el mismo espacio en el centro histórico.
   El amor en los tiempos del féisbuc no fue distinto para nosotros. Nos hicimos "amigos" y compartíamos "likes" en algunas de nuestras publicaciones. Un día venturoso, a finales de junio, encontré entre mis mensajes uno de la muchacha particularmente bella en donde me invitaba a salir. Yo, que estaba francamente borracho, lo leí pero no fue sino hasta unos días después que le contesté que me pasara su teléfono. El porqué me invitó a salir también tiene su historia, pero esa le pertenece a ella y sólo ella puede contar cómo llegó a escribirme para invitarme a salir. El asunto es que yo estaba un 5 de julio, afuera de López 28, con una botella de agua y un cigarro en los labios esperando a que bajara para concretar nuestra primera cita. Bajó, con esa belleza única que se carga, y entre mezcales y cervezas nos besamos. Y ahí, de ese encuentro de poetas al que invitaron a mi padre llegamos a cuatro paredes que nos resguardaron del mundo durante varias noches.
    Ahora, estamos casados y esperamos una hija, el anillo en mi anular izquierdo sólo deja su lugar por las noches y aprendemos juntos a enfrentar la vida. Las causalidades me llevaron a su lado, y queda la duda de saber si alguno de todos los hechos relatados aquí se hubieran presentado de otro modo nos hubieran llevado al mismo lugar. Personalmente, creo firmemente que sí, que mi lugar en este mundo, y el de mis letras y el de mi música es junto a ella. Junto a esa muchacha particularmente bella. Así las cosas,


JFC

jueves, julio 18, 2013

Causalidades I

Inexistentes y amados lectores, les escribo instalado en mis treinta años por primera vez. El siguiente post lo dedico a contarles de mis festejos. Porque hoy, desde mi oficina en los lares del sur, quiero contarles el proceso que me llevó de una cena con caviar a tener un anillo de casado en mi dedo anular izquierdo. (¿Alguien sabe en qué mano es correcto usar el anillo? Yo me lo puse en la izquierda por puro azar, pero debe haber una norma).
   La historia más sencilla de contar es que en una cena de la alta sociedad literaria conocí a una mujer de ojos bellos con quien platiqué un par de horas y compartí el caviar que generosamente algún autor de éxito puso en la mesa de su departamento en la Condesa. Después de un par de botellas de champaña le lancé una invitación con mis ojos seductores a que conociera la alfombra de mi departamento en el centro porque estaba seguro que su blusa azul turquesa haría juego con ella. Al otro día, entre el café de la mañana y el sexo matutino nos hicimos promesas de amor que nos llevarían al altar y a mí a escribir esta entrada en mi blog.
   Pero no. Así no fue.
   Primero porque es una historia demasiado sencilla; segundo, ni voy a cenas de la alta sociedad literaria, ni conozco autores de éxito que vivan en la Condesa, ni invitaría a mi departamento a una desconocida. Además, y por si fuera poco, el departamento que habitaba en el Centro no tenía alfombra. 
   La historia sí comienza con un poco de caviar y termina con una boda, pero los complejos mecanismos de la causalidad se hicieron presente y tardaron varios años en darle forma. Digamos, unos ocho años en que la historia se constituyera de este modo.
   Allá por el año 2005, cuando Tony Garza, embajador de los yunaited durante el foxismo, cerró el consulado en Tamaulipas por el "fracaso" (así lo dijo) del gobierno mexicano frente al problema del narcotráfico (y la que nos esperaba, chingao) a mi padre lo invitaron al encuentro de Poetas del Mundo Latino. Aunque su organizador se dedique a sacar estancias en el extranjero, becas, y cuanta publicación usted, desocupado lector, se imagine a costa de dinero federal, en no pocas ocasiones hay autores que son verdaderos artistas y que van por el puro pinche gusto de convivir y no por andar queriendo sacar prebendas o limosnas. Mi padre fue ese año, y a su regreso, mi Pequeña Madre y yo escuchamos la travesía de mi padre por tierras michoacanas. Entre las anécdotas que nos contó, refirió a un joven poeta que se la pasaba criticando a medio mundo, (Y que haz una cara Gelman por aquí, y que el Pollo ya sacó estancia en Israel por allá, en fin), el joven en cuestión, según palabras de mi padre, era talentoso, desbocado y a toda madre. Un mes después, este joven nos invitó a Cuernavaca a pasar un fin de semana. De ahí surgió una amistad entrañable que hasta hoy sigue creciendo. 
   Y usted dirá, y con razón, ¿y el puto caviar? Pues de resultas que este amigo entrañable, al que sólo identificaré con sus iniciales para no quemarlo, MM, nos dijo un buen día: "Condes, hay cena en  mi casa porque acabo de vender un cuadro y me fue muy bien. Los invito". A lo que respondimos: "Querido Miguel Ángel, pero claro que vamos. Es bueno siempre celebrar tus éxitos, maestro Muñoz". Ahí, en esa cena, dio caviar pa' festejar, así, casual. En esa cena, mi padre se reencontró con un viejo amigo, habían coincidido durante veinticinco años en instituciones culturales, en la universidad, en presentaciones, etcétera. Pero casi no se veían. Es más, en los últimos años no se habían visto por azares propios de la vida. A este reencuentro siguieron comidas, cenas, borracheras, viajes. Y sin mayores aspavientos teníamos un nuevo grupo de amigos. Digo teníamos porque desde siempre he considerado a los afectos de mis padres como propios.      
   Por otras causalidades que les contaré en otra entrada (chin, me pongo a escribir y ya les debo dos, la de mis treinta y la de mi entrada al infierno) yo trabajaba en el Fonca, la que beca a las jóvenes criaturas y a los parásitos como Chóforo Domínguez, junto a chavos y artistas que sí tienen talento (caray, segundo escupitajo visceral, creo que me levanté levantisco). Una ventaja de trabajar en ese infierno era estar y respirar el Centro Histérico, el mismo que conocí de niño y el que en ese entonces empezaba a ser mío. Muy cerca de ahí, trabaja también el viejo amigo de mi padre. Él me convenció de mandar mi convocatoria a una fundación donde dan dinero nomás por escribir. Yo, que pasé cuatro años en la Facultad de Letras y otros dos en la Biblioteca Nacional, ya me había olvidado de que la escritura alguna vez había sido mi ambición. Junté mis cuartillas y me inventé un proyecto que, sin parecer mamila, me salió a toda madre. Era un rollo caleidoscópico en el que contaría la misma historia con distintos cristales pero cada uno de ellos sería independiente entre sí. (Ojo, pueden volarme la idea, no es nueva, no es original, pero la verdad a mí me salió al tiro). Con mis cuartillitas, mi proyecto y mi ridículum, no podía decidirme entre mandarlo o no. Y fue uno de esos amores necesarios en la primera juventud quien sin pedir permiso lo imprimió y lo llevó a Liverpool 16. En la última semana de agosto leí el correo (que todavía guardo) en donde me anunciaban que había obtenido el beneficio de la beca por un año. Renuncié al Fonca, sacrifiqué algunos miles de pesos, pude aventarle los boletines de prensa a la cara de mi jefa, menté madres y me largué a escribir. Y aquí...

Como ya llevo varios párrafos, y sé que ninguno de ustedes quisiera seguir leyendo (en el hipotético caso que alguien haya llegado hasta aquí) recapitularé las causalidades.

1. Mi padre invitado a un encuentro donde conoce a MM.
2. En una cena con MM, conozco a un viejo amigo de mi padre.
3. Yo trabajo a cuatro cuadras de donde trabaja el viejo amigo de mi padre, quien me convence para entrar a la fundación en una comida en la Hostería de Santo Domingo.
4. Esa muchachilla que llevó sin mi consentimiento mi proyecto y gracias a ello me dieron la beca.

Pronto la segunda parte.

Así las cosas,

JFC                

martes, junio 25, 2013

A un par de escalones del Tercer Piso

Inexistentes y abandonados lectores, he regresado a esta monarquía que a veces se disfraza de república llamada La Ciudad que fue del canto para (y es un favor muy grande) contarles parte de lo que ha acontecido en mis dominios en estos largos meses de ausencia. (En serio, sé que nadie lee esto pero el simple sonar de las teclas y mi egolatría son suficientes para no dejar morir este blog).
Si ustedes recuerdan, oh, desolados lectores que han sufrido conmigo durante tantos años, el once de julio escribí una pequeña crónica de cómo Mahler se encontró con Joyce. Pues bien, simplemente he de decirles que ese encuentro inesperado y venturoso ha terminado en coyunda, si se me permite el chistorete cultoso, o, para decirlo mejor, los esponsales arribaron a buen puerto. Con todo y las armonías disonantes de este musicastro y las inagotables vertientes de mi joyceana, hemos encontrado un lugar en donde nuestras ansias encuentren reposo. 
     Y en hablando de lugares, la Ciudad que fue del canto ha transitado de los majestuosos parajes de Neza York (que de tanto en tanto me hacen derramar una lágrima de nostalgia en sus evocaciones) al mero centro de esta capirucha. En ese largo andar se fundó, por acuerdo bilateral y sin mala fe, la constitución de la República Amorosa del Centro, que en sus inicios tuvo dos sedes y está ahora en busca de dónde afincarse. Todo parece indicar que será en terruños del sur, desde donde escribo estas líneas.
    Sigo actuando, escribiendo y tocando, y he de admitirlo, con menos disciplina pero ésta se perdona por las múltiples ocupaciones que la RAC exige. He perdido ya no sé cuántos concursos de literatura pero se publicó mi primer libro y está ya en proceso el segundo. El tercero va en camino de perder también su cuota de concursos y buscarle salida pues, al fin y al cabo, a esto me dedico. ¡'í, 'eñor! 
Todo esto transcurre mientras cuento los días que faltan para que llegue a la edad de las ilusiones, o para decirlo con todas sus letras, pa' que sea un treintañero.    

Así las cosas,


JFC 

jueves, abril 11, 2013

Cada cierto tiempo

Cada cierto tiempo, esta Ciudad que fue del canto se da su respiro para beneplácito de mis inexistentes lectores. No hay una razón para ello, aunque para ser francos, tampoco para seguir escribiendo en este blog; será tan solo la nostalgia de llevar cinco años quejándome, encabronándome y lloriqueando en esta bienamada ciudad la que no me deja abandonar por completo este ínfimo espacio virtual. Acaso recuerdo a David Forster Wallace en su ensayo sobre la escritura, o, como dicen en mi pueblo, es mi hijo, está bien feo, pero es mi hijo. Esta es mi ciudad, pequeña, aburrida y sin visitantes, pero es mía. 
Estoy a tan sólo unos meses de mis treinta años, y mejor aún, a casi sesenta días de firmar la unión de Joyce con Mahler; uno de mis más queridos amigos se fue a soñar con jazz en amorosa y violenta comunión con el mar de Coatzacoalcos (¡carajo!, te hubieras despedido o esperado a beber juntos una última cerveza); sale en estos días mi primer libro, una pequeña plaquet que ni cambiará el mundo ni tendrá lectores ni saldrá de bodegas, pero es mío, y es el primero; me alejo del mundo que construí durante veintinueve años para saltar a uno nuevo: el mundo sigue. Simple y llanamente sigue y me lleva en su inercia. Escribo, amo, vivo. 
¿Se puede pedir algo más?

Así las cosas,

JFC

miércoles, septiembre 19, 2012

Columna invitada: "Yo soy 132"


Como tengo mucho trabajo, invité otra vez al Malaestrella, mejor conocido como el Sietecrudas en el barrio bajo de NY, a que escribiera uno de esos divertimentos que tanto le gustan a mis inexistentes lectores. 
Así las cosas,

JFC

Yo soy 132

Inocencio Azar

Estos chavos me recordaron al que yo nunca fui. Al que andaba de los pasillos del Centro de Convivencia Humana Oriente a las caguamas de veinticinco varos de la Güera. En ese mismo lugar besé por primera vez al amor de mi vida —bueno, al primero de ellos— y ahí pude ver cómo todos los de mi generación se fueron recibiendo de loqueros, abogángsters, matasanos y cuentachiles. Y yo, desde las sillas cerveceras con una Carta Blanca enfrente, me dedicaba a aprenderme canciones para ligarme a las morritas que llegaban de cuando en cuando a mi pobre humanidad.
            —Cántate esa de Amor mío, Malaestrella.
            —No se llama así, mi vida, se llama Sin tu latido.
            —Échate la del Unicornio azul, Malaestrella de mi alma.
            —¿Otra vez? Pero si ya la toqué como tres veces.
            —Una de los Temerarios, Inocencio.
            —No me digas Inocencio, que así nomás me dice mi jefecita, y yo no toco esas mamadas.

Y así pasaban mis días que se hicieron meses y se estacionaron en años. Aprendí entre otras cosas a irme de "palomita" en los camiones de la Coca, a cambiar reportes de "Lectura y redacción" por unos besos o unas tortugas de milanesa (dependiendo de quién lo solicitara, claro) y a reconocer que mucho ayuda el que no es trova.
            Un día de abril, mi cuaderno de doble raya, un bato al que le decíamos el Conde, me contó que para las elecciones del Establo de México habían inaugurado un Tráiler del arte en donde se presentaban artistas multidisciplinarios y hacían exposiciones y conciertos y teatro y no sé cuánta chingadera más para apoyar a la candidota —digo, candidata— que peleaba la gubernatura.
            —Y eso a mí qué. Si nunca le he pedido nada a nadie.
            —No chingues, Malaestrella. Si no lo hacemos nosotros los artistas, ¿quién le va a decir a la gente qué pensar?
            —Pinche Conde, ¿y quiénes somos nosotros para decirle a la gente qué carajos pensar?
            —Bueno, tú me entiendes. Es para abrir los ojos de esta sociedad dormida.
            —Mira, mejor bájale dos rayitas y dime dónde es.
            —Eso, Sietecrudas. Así me gusta.
            —Donde me salgas con que no hay comida, te rompo hasta la guitarra.

Ahí andaba yo, con mi guitarra al hombro en camino al mentado Tráiler del arte que resultó ser un camión de redilas bastante traqueteado. Los dichosos artistas éramos el Conde y yo y un par de payasos que llegaron crudos al lugar. Compramos las consabidas caguamas en lo que acababa el discurso de la candidata. Habíamos preparado un numerito a toda madre. No es por nada, pero los años de práctica banquetera me habían hecho un maestro en las lides de rascar la panzona y me sabía rolas de Hendrix y hasta de las más perronas de Steve Vai. El Conde estudiaba en la Superpior de Música, aunque siempre pensé que le faltaba sentimiento, vísceras, alma. Aun así, el rollo que traíamos no era nada despreciable.
            Nos subimos a medios chiles y, después de la primera canción, que el dueño del cine de la cuadra anuncia que en apoyo a la candidota pasarían Una película de huevos gratis para toda la comunidad. Y que se va todo nuestro público. Ya nomás por no dejar pasar el chance de tocar con amplificadores que nos reventamos Vodoo child, Stairway to heaven y una de Luis Miguel que hicimos en versión punk. Estábamos bien entrados cuando se acabó la película. Todos salieron con hambre y se abalanzaron sobre las señoras que habían traído sus tortillitas, frijoles y un chicharrón en salsa verde que olía a tres cuadras alrededor. ¿Sabes cuánto duró la comida con esa cantidad de raza?
            Dejé de hablarle al Conde durante muchos meses. Si no le rompí la guitarra fue porque estaba rechula —la guitarra, no el Conde—. Nomás le menté su madre y me tomé un vaso de refresco de tamarindo, que fue lo único que alcancé. En el camino me encontré a los payasos durmiendo junto a un poste de luz y con una caguama a medio vaciar. Ni hablar. Tuve que echármela de puro coraje. La candidota no llegó a ser gobernadora y el Tráiler terminó repartiendo despensas del otro partido.
            Supongo que es por eso que cuando veo a todos estos chavitos de la Igüero y del Tec caminando juntos por la calle, brazo con brazo con los del Poli y los de la UNAM, es que me da una tristeza bárbara por no haber sido nunca como ellos; por haberme preocupado más por dejar que me echaran el país que otros querían que por construir el mío propio. En cuanto vi las noticias y los encabezados de las marchas, supe que algo se iba a mover, que las conciencias se habían despertado, como siempre repetía el pinche Conde. Recordé que seis años antes yo no voté y me dio coraje, que siempre me quejo de los maestros que se la pasan marchando y me dieron ganas de llorar, que entre miles de muertos yo nomás pienso en mí mismo y supe que era un cobarde. Siempre he sido un cobarde por aguantar que los diputetes ganen mil veces más que el salario mínimo, que no paguen impuestos, que traigan todos camionetotas sin son una bola de ignorantes.
            Entre las caguamas y los cigarros sin filtro derramé un par de lágrimas por el que no fui. Pero no me podía quedar atrás. Saqué una playera blanca, mi plumón negro de punto grueso y con orgullo me dije que no iba a ser el mismo. Que yo también me uniría a los chavos, que iba a cambiar, que esta lucha también era mía. Sumarme a su campaña era mi meta. Esperé la siguiente convocatoria, era en el Zócalo. Muy temprano me salí con mi playera blanca, con un letrero que me redimía de mis pecados por omisión. Fueron llegando poco a poco los contingentes, los muchachos, profes y demás fauna que, como yo, estábamos ahí para luchar. Empezamos a gritar consignas contra Televisa, contra los gandallas y contra la manipulación. Ya empezaba a ser otro.
            Una chica llevaba una pancarta llena de colores y unos minishortcitos que resaltaban sus piernas. Me sonreía mientras caminaba hacia mí y supe que a ella podría cantarle canciones toda mi vida. Con una voz ronca, cálida y coqueta me preguntó:
            —Oiga, señor. ¿Por qué su playera dice "Yo soy 133?"
            —Es que soy uno de ustedes —balbuceé apenas, con los ojos clavados en su escote. Me sonrió con ternura y se alejó. Y fue en ese preciso momento que volví a reconocer al chavo que nunca fui.

lunes, julio 16, 2012

Columna invitada


Aquí un texto del amigo Inocencio Azar, mejor conocido en los bajos mundos del oriente como el "Malaestrella". Estará en esta Ciudad que fue del canto como autor invitado algunas semanas.

Así las cosas,

JFC

De azares y desazares

Inocencio Azar

Mi nombre es Inocencio y llevo el apellido de mi jefa, Azar. Muchos me conocen como el Sietecrudas, aunque la mayoría me dice el Malaestrella. Nomás mi mamacita me dice por mi nombre, mi papá no me dice de ninguna manera porque no lo conocí. Dizque se fue al otro lado para entrarle al negocio de la fast food. Yo creo que nomás se hizo maje.
            Lo de Sietecrudas me lo gané a pulso desde los dieciocho, en los tiempos del segundo semestre del CCH Oriente. La primera vez que me metí una botella de bacachá entre pecho y espalda vomité hasta los pecados que no recordaba. Con cada arcada me dolía el espinazo, me doblaba como diputado en día de informe presidencial y juraba y rejuraba que no lo volvería a hacer. No lo cumplí. A eso de las once de la mañana, mi jefa entró a mi cuarto en la azotea y me dijo amorosa: "Inocencio, ven, te hice de desayunar". Y yo por dentro: "Méndigo briago, en tu casa te quieren, qué necesidad de andar con muchachas que uno ni conoce". Y que bajo en friega con la cruda entre las patas y que me siento a la mesa. Yo veía a la jefa con harto cariño. Ella me daba la espalda, estaba de frente a la estufa y me volteaba a ver con unos ojos rete lindos, una sonrisa comprensiva, un regaño tan suavecito que hasta estaba a punto de cambiar de vida. "Ande, mijo, desayúnese. Voy al mandado". Y que me deja la gandalla de mi jefa con un plato lleno de hot cakes y una tazota de champurrado de avena, caliente, caliente.
            Lo de Malaestrella me lo puso una morra que me andaba calentando el bóiler, una de esas güeritas que se pintan las raíces de negro desde chavas. Era de las más bonitas. Me cae que los tenía enormes, redonditos, coquetos; cuando caminaba, todos veíamos atarugados cómo bajaban y subían, subían y bajaban de derecha a izquierda, cómo de izquierda a derecha bajaban y subían sus ojazos miel. Nomás de verla aletear las pestañas cualquiera le pondría casa.
            Y pues que me pone el Malaestrella porque tiro por viaje o me taloneaban afuera del CCH o chocaba la micro en la que iba. Cuando le conté que a mi perro, el Benito Juárez —sí, le puse a mi perro Benito Juárez, ¿y qué?— más tardé en recogerlo de la calle que me lo envenenaran unos ojetes de la colonia Metropolitana, me dijo con esos dientes disparejos tan suyos: "¡Ay, mi Malaestrella. Nomás no ando contigo porque capaz que me roban!" Y que sucede. No que se la robaran, ni dios lo mande, sino que empezara a andar conmigo. Me sentía como canción de Arjona: "tú, caviar, y yo, tortilla", con la diferencia que los dos estábamos rejodidos y que siempre me cagó Arjona.
            No se la robaron, ni dios lo mande, nomás que su jefe puso un negocio de rebozos de La Piedad, Michoacán —que tejía en la Agrícola Oriental— en Pachuca y que se la lleva a estudiar allá. Cuando la volví a ver ya andaba con otro güey igual de feo que yo, igual de pobre que yo, igual de vago que yo, pero con más suerte. Desde entonces todos me dicen el Malaestrella.
            Para ser sincero yo nunca me creí eso de la mala suerte, aunque bien dios sabe que tengo motivos de sobra. Por ejemplo, como siempre he buscado un bisne que me saque a mi jefa y a mí de pobres, un día me enteré en los barrios bajos de la Pensil que iban a subir el boleto del metro a cinco pesos. Y que pido prestado una lana para comprarme un titipuchal de planillas. Ya estaba yo haciendo cuentas, si vendía todos un peso más caro, me salía otro de ganancia. Unos tres mil del águila me iba a ganar de una sentada. Me compré una caguama para celebrar y para soñar con los angelitos. Al otro día mi jefa que entra a mi cuarto sin despertarme y que lava mi ropa. A mí se me había olvidado sacar los tristes boletos y ahí se fue el negocio del siglo.
            La neta, cuando me empecé a creer lo de Malaestrella fue hace seis años que estábamos, igual que ahora, en tiempos de elecciones. Yo pasaba por un bajón de esos que le dan a todos algunas veces, nomás que a mí me dan muy seguido. Mi perro, el Benito Juárez Segundo —sí, le volví a poner a mi perro Benito Juárez, ¿y qué?— me mordió cuando le di de comer y que lo corro de la casa, al rato que me avisan que lo atropelló una patrulla de judiciales y pues ni cómo hacérselas de tos; mi morra de esos días que me sale más hombre que yo y mi jefa me dijo que ya no quería seguir manteniendo vagos. Le dije que nomás era uno y que me avienta la sartén. Pero yo tenía que pensar en cómo salir de mi mala suerte.
            Me salí a caminar con el chipote del sartenazo en la frente cuando en uno de los muchos carteles que estaban colgados en la calle vi la cara de un cuate que se veía bien honesto, con una carita de garbanzo que daba ternura. Y abajo de él decía, "Primero tú. Va por ti, mi Malaestrella". Bueno, no decía eso, pero así lo leí yo. Les juro que estaba convencido de mi candidote —digo, candidato— porque se veía que era bien leña, del pueblo, uno de nosotros y, además, iba arriba en las encuestas. Y cuando todos empezaban a discutir y a gritar "es que es un peligro", "es que el otro es un ratero", "es que el otro está chaparro" y "que la manga del muerto que los parió", yo nomás pensaba, "ahora sí, la revolución me hará justicia".
            Ese día se me olvidó votar, andaba con una de mis míticas crudas y desperté como a las diez de la noche. Prendí el radio y nomás sonaba la de Hips don't lie, esa que cantaban juntos Shakira y Jerry Rivera. Me destapé una caguama y que me acuerdo de las elecciones. Corrí a casa de un cuate para ir checando lo de los resultados preliminares y que me encuentro con la noticia de que mi gallo iba ganando. Así pasaron unas dos horas y yo con mi cervatana en la mano y la sonrisa en los labios. "Ahora sí, la revolución me hará justicia", pensaba para mis adentros.
            "Oye, Malaestrella, ¿y tú, por quién votaste?" "No me dio tiempo, pero hubiera votado por el mero bueno, el que va ganando". Nunca lo hubiera dicho. Me cae que me arrepiento todavía de haberle pegado mi mala suerte a mi candidato. Nomás dije eso y que el otro le empata, y luego que le da la vuelta. Ya no sé ni qué desmadre se hizo después. Me fui a mi casa y me encerré tres meses, nomás salía por las caguamas cuando mi jefa no me veía. Por eso, ahora cada vez que me preguntan por quién voy a votar, nomás sonrío y les digo "por tu mamá", y me echo otra caguama.
             

martes, julio 10, 2012

Diario de un actor o bitácora de duelo III y último. (O de cómo Mahler se encontró con Joyce)

Llevo semanas calibrando cada diálogo de mi personaje. El saber cómo contesta o qué piensa cuando lo hace me quita el sueño. Controlar mi cuerpo, su energía, estar consciente de cada uno de sus movimientos me deja exangüe. La última escena que corrí me dejó satisfecho. Pude abandonarme al personaje sin estar pensando en él. Recordé a Yoshi Oida y quiero pensar que voy por buen camino. He dejado un tanto de lado la música, aunque sigo con el estudio del piano; entre la edición de CdT y la corrección de mi segundo libro (el primero sigue encerrado en mi computadora) tengo poco tiempo para  hacer canciones. Una de ellas está en la punta de mis labios, no tengo melodía, armonía, ritmo o una idea que pueda desarrollar pero está aquí, calando mis huesos, tentando mis labios, enquistándose en mis falanges. 
Oh, inexistentes lectores, en tan sólo cuatro días (de jueves a domingo, para ser precisos) mi sangre corrió otra vez por esas venas tan veleidosas que son las ganas de decir y las ansias de contar. Me explico, la corrección y la edición son dos actividades meramente intelectuales, es decir, artísticas, pero que se desenvuelven en un hemisferio racional y objetivo. ¿Qué palabra va?, ¿es coma o punto y coma?, ¿esta línea es explicativa o construye la atmósfera?, ¿esto es demasiado críptico o ayuda a la resolución? Las lectura obligadas son parte del oficio, de la tecné o de la habilidad. Pero en mi caso (y no digo ni remotamente que sea lo mejor, lo más adecuado o lo que sirve a todos) al momento de construir ficciones me sirve escribir desde la organicidad, desde el centro mismo de la emotividad, las vísceras, pues. Si quiero escribir algo tengo que encontrar el impulso necesario, la respuesta certera a un estímulo en particular que pueda desatar en mi endeble mente historias, desenlaces, estructuras, tramas y demás cosas que me he propuesto desarrollar en las horas que esté por acá dando lata. Si no está eso, simplemente no escribo. 
Un ejemplo, no puedo ver cómo es maltratado un animal, ni siquiera una imagen de aquellas que buscan "concienciar" a la gente en donde un hijo de puta acaba de destrozar a palos a un perro. Provoca en mí asco, depresión, neurosis... Vaya, ni pude ver la Eurocopa porque limpiaron las calles de Ucrania asesinando más de ochenta mil perros callejeros. Simplemente está fuera de mis posibilidades. Pues ese impulso, ese estímulo me sirvió para construir una parte de un cuento en donde el personaje le saca los ojos a un gato. ¡Cuánto me costó terminar esos párrafos! Vomité varias veces y una migraña se apoderó de mi cuerpo cuando le puse punto final a esa historia. Después, la corrección tuvo que ver, insisto, más con un asunto racional que con las respuestas orgánicas que mi pluma tuvo ante esa imagen. Claro está, este es uno sólo de los impulsos que he recogido en mis ya varios años de estar escribiendo historias. 
Esta vez la canción que no hace por escribirse tiene un impulso que ha hecho hervir mi sangre, que ha llenado mis ojos de nuevas posibilidades de construcción. Ese impulso ha delineado en mí la premura del tiempo, del ansia compartida, es un inicio ante el cual mi cuerpo, mi mente y mi médula ósea se han rendido. Es, simplemente, cómo Mahler silbaba el primer movimiento de la Trágica mientras caminaba por alguna ciudad solitaria un 16 de junio, un Bloomsday, un día que Dios estuvo dormido y dejó que el azar habitara sus notas. 

Así las cosas,

JFC

PS. Cumplí, inexistentes lectores, 29 años. Y la sonrisa que han dejado en mí estos días, simplemente no se ha borrado.