lunes, julio 16, 2012

Columna invitada


Aquí un texto del amigo Inocencio Azar, mejor conocido en los bajos mundos del oriente como el "Malaestrella". Estará en esta Ciudad que fue del canto como autor invitado algunas semanas.

Así las cosas,

JFC

De azares y desazares

Inocencio Azar

Mi nombre es Inocencio y llevo el apellido de mi jefa, Azar. Muchos me conocen como el Sietecrudas, aunque la mayoría me dice el Malaestrella. Nomás mi mamacita me dice por mi nombre, mi papá no me dice de ninguna manera porque no lo conocí. Dizque se fue al otro lado para entrarle al negocio de la fast food. Yo creo que nomás se hizo maje.
            Lo de Sietecrudas me lo gané a pulso desde los dieciocho, en los tiempos del segundo semestre del CCH Oriente. La primera vez que me metí una botella de bacachá entre pecho y espalda vomité hasta los pecados que no recordaba. Con cada arcada me dolía el espinazo, me doblaba como diputado en día de informe presidencial y juraba y rejuraba que no lo volvería a hacer. No lo cumplí. A eso de las once de la mañana, mi jefa entró a mi cuarto en la azotea y me dijo amorosa: "Inocencio, ven, te hice de desayunar". Y yo por dentro: "Méndigo briago, en tu casa te quieren, qué necesidad de andar con muchachas que uno ni conoce". Y que bajo en friega con la cruda entre las patas y que me siento a la mesa. Yo veía a la jefa con harto cariño. Ella me daba la espalda, estaba de frente a la estufa y me volteaba a ver con unos ojos rete lindos, una sonrisa comprensiva, un regaño tan suavecito que hasta estaba a punto de cambiar de vida. "Ande, mijo, desayúnese. Voy al mandado". Y que me deja la gandalla de mi jefa con un plato lleno de hot cakes y una tazota de champurrado de avena, caliente, caliente.
            Lo de Malaestrella me lo puso una morra que me andaba calentando el bóiler, una de esas güeritas que se pintan las raíces de negro desde chavas. Era de las más bonitas. Me cae que los tenía enormes, redonditos, coquetos; cuando caminaba, todos veíamos atarugados cómo bajaban y subían, subían y bajaban de derecha a izquierda, cómo de izquierda a derecha bajaban y subían sus ojazos miel. Nomás de verla aletear las pestañas cualquiera le pondría casa.
            Y pues que me pone el Malaestrella porque tiro por viaje o me taloneaban afuera del CCH o chocaba la micro en la que iba. Cuando le conté que a mi perro, el Benito Juárez —sí, le puse a mi perro Benito Juárez, ¿y qué?— más tardé en recogerlo de la calle que me lo envenenaran unos ojetes de la colonia Metropolitana, me dijo con esos dientes disparejos tan suyos: "¡Ay, mi Malaestrella. Nomás no ando contigo porque capaz que me roban!" Y que sucede. No que se la robaran, ni dios lo mande, sino que empezara a andar conmigo. Me sentía como canción de Arjona: "tú, caviar, y yo, tortilla", con la diferencia que los dos estábamos rejodidos y que siempre me cagó Arjona.
            No se la robaron, ni dios lo mande, nomás que su jefe puso un negocio de rebozos de La Piedad, Michoacán —que tejía en la Agrícola Oriental— en Pachuca y que se la lleva a estudiar allá. Cuando la volví a ver ya andaba con otro güey igual de feo que yo, igual de pobre que yo, igual de vago que yo, pero con más suerte. Desde entonces todos me dicen el Malaestrella.
            Para ser sincero yo nunca me creí eso de la mala suerte, aunque bien dios sabe que tengo motivos de sobra. Por ejemplo, como siempre he buscado un bisne que me saque a mi jefa y a mí de pobres, un día me enteré en los barrios bajos de la Pensil que iban a subir el boleto del metro a cinco pesos. Y que pido prestado una lana para comprarme un titipuchal de planillas. Ya estaba yo haciendo cuentas, si vendía todos un peso más caro, me salía otro de ganancia. Unos tres mil del águila me iba a ganar de una sentada. Me compré una caguama para celebrar y para soñar con los angelitos. Al otro día mi jefa que entra a mi cuarto sin despertarme y que lava mi ropa. A mí se me había olvidado sacar los tristes boletos y ahí se fue el negocio del siglo.
            La neta, cuando me empecé a creer lo de Malaestrella fue hace seis años que estábamos, igual que ahora, en tiempos de elecciones. Yo pasaba por un bajón de esos que le dan a todos algunas veces, nomás que a mí me dan muy seguido. Mi perro, el Benito Juárez Segundo —sí, le volví a poner a mi perro Benito Juárez, ¿y qué?— me mordió cuando le di de comer y que lo corro de la casa, al rato que me avisan que lo atropelló una patrulla de judiciales y pues ni cómo hacérselas de tos; mi morra de esos días que me sale más hombre que yo y mi jefa me dijo que ya no quería seguir manteniendo vagos. Le dije que nomás era uno y que me avienta la sartén. Pero yo tenía que pensar en cómo salir de mi mala suerte.
            Me salí a caminar con el chipote del sartenazo en la frente cuando en uno de los muchos carteles que estaban colgados en la calle vi la cara de un cuate que se veía bien honesto, con una carita de garbanzo que daba ternura. Y abajo de él decía, "Primero tú. Va por ti, mi Malaestrella". Bueno, no decía eso, pero así lo leí yo. Les juro que estaba convencido de mi candidote —digo, candidato— porque se veía que era bien leña, del pueblo, uno de nosotros y, además, iba arriba en las encuestas. Y cuando todos empezaban a discutir y a gritar "es que es un peligro", "es que el otro es un ratero", "es que el otro está chaparro" y "que la manga del muerto que los parió", yo nomás pensaba, "ahora sí, la revolución me hará justicia".
            Ese día se me olvidó votar, andaba con una de mis míticas crudas y desperté como a las diez de la noche. Prendí el radio y nomás sonaba la de Hips don't lie, esa que cantaban juntos Shakira y Jerry Rivera. Me destapé una caguama y que me acuerdo de las elecciones. Corrí a casa de un cuate para ir checando lo de los resultados preliminares y que me encuentro con la noticia de que mi gallo iba ganando. Así pasaron unas dos horas y yo con mi cervatana en la mano y la sonrisa en los labios. "Ahora sí, la revolución me hará justicia", pensaba para mis adentros.
            "Oye, Malaestrella, ¿y tú, por quién votaste?" "No me dio tiempo, pero hubiera votado por el mero bueno, el que va ganando". Nunca lo hubiera dicho. Me cae que me arrepiento todavía de haberle pegado mi mala suerte a mi candidato. Nomás dije eso y que el otro le empata, y luego que le da la vuelta. Ya no sé ni qué desmadre se hizo después. Me fui a mi casa y me encerré tres meses, nomás salía por las caguamas cuando mi jefa no me veía. Por eso, ahora cada vez que me preguntan por quién voy a votar, nomás sonrío y les digo "por tu mamá", y me echo otra caguama.
             

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