martes, agosto 29, 2006

A PROPÓSITO DE UNA FOTO

(FAVOR DE LEER CON UN RON O UN WHISKEY Y BEBERLO A MI SALUD)

Hace unos instantes, en este infinito espacio, encontré la foto de un recuerdo, un fantasma, un demonio, una amada; para no ser tan cursi, diré que era la foto de una mujer a la que adoré, una ex, pues. Miren qué coincidencia, pudiendo encontrar el video porno de Michelle Vieth o el seno derecho de Ely Guerra o algunas fotos de Ana de la Reguera vestida sólo con su desnudez encontré la de ella: lentes oscuros, minifalda militar, sonrisa inacabable y marmórea piel, en fin, igual que como la recuerdo.
Pues bien, además del impulso febril que me provocó su inquietante imagen recordé varios versos -disculparán, pero a falta de talento para escribir los versos más candentes o la canción más nostálgica recurro a los que sí saben escribir. Primero Manuel M. Flores, que, como se darán cuenta, a cada verso se escucha el chasquido de los besos:

ADORACIÓN (Fragmento)

Pero si tanto amor, delirio tanto,
tanta ternura ante mis pies traída,
empapada con gotas de mi llanto,
formada con la esencia de mi vida;
si este grito de amor, íntimo, ardiente,
no llega a ti . . . si mi pasión es loca,
perdona los delirios de mi mente,
perdona las palabras de mi boca.

Y ya no más mi ruego sollozante
irá a turbar tu indiferente calma . . .
Pero mi amor hasta el postrer instante
te daré con las lágrimas del alma.

Después de este arrastre decimonónico, que han de saber que he pasado por él muchas veces, vino a mi mente un poeta del siglo XX, en mi opinión, mucho más fino que el autor de Pasionarias. Con la libertad que me da el saber que los lectores de estas líneas no son muchos (es más, hasta creo que faltan algunos para ser "pocos") contaré una anécdota: en los lejanos tiempos en que la mujer de la foto en cuestión compartía sueños, besos y madrugadas conmigo, estaba tomando un diplomado con Vicente Quirarte. En una de las sesiones aprendí que las obras completas de Villaurrutia eran más duraderas que el amor de una mujer; como siempre, y por fortuna, no hice caso y preferí gastarme el dinero en un cine al sur de la ciudad que en el volumen del contemporáneo. Tiempo después adquirí el dichoso libro y ya compartía mis noches con otra mujer. Al final, salí ganando. Para honrar a Villaurrutia, a Quirarte y a ella un par de líneas.

DÉCIMAS DE NUESTRO AMOR

I
A mí mismo me prohibo
revelar nuestro secreto
decir tu nombre completo
o escribirlo cuando escribo.
Prisionero de ti, vivo
buscándote en la sombría
caverna de mi agonía.
Y cuando a solas te invoco,
en la oscura piedra toco
tu impasible compañía.

III
Por el temor de quererme
tanto como yo te quiero,
has preferido, primero,
para salvarte, perderme.
Pero está mudo e inerme
tu corazón, de tal suerte
que si no me dejas verte
es por no ver en la mía
la imagen de tu agonía:
porque mi muerte es tu muerte.

Sentí algo como de cruz y de calvario, en fin. Prosigo, tiempo después, llegué a trabajar en una oficina en Reforma e Insurgentes: desde este oscuro lugar donde escribo, alcanzo a ver el hotel donde se firmó la separación; años después, una sonrisa de no sé qué diablos se asoma en mi rostro cada vez que leo, en grandes letras rojas, "El Ejecutivo". Recuerdo a un poeta de altísimos vuelos que estoy seguro me perdonará ponerlo entre tan indignas líneas. (Las mías, claro está).

No es en mi año. Alguien te tiene,
no es en mi daño. Y sin embargo
me daña en la duda lo que fuiste;
y así me acostumbro, y lo soporto,
y hasta parece que me place.

Ya sin despensas de futuro,
mutilado soy por mis desechos.
Y alegre de no vivir un día
más, me complazco porque ahora
estoy vivo. Me rasco, duermo.

De nada te vale, que, emboscado,
me chupe la hiel, y en copa de oro,
el veneno aquel que me serviste:
se me va olvidando ya el propósito
de recordarte, y ya me extraña
el haber sido quien te quiso.

Pero no sé qué me habrás dado
que me ardo de filos y herrumbres;
que anda curtido y enchilado
por aquí mi corazón, y llora.
Tan exigente en mí, tan áspera
sigues de tiránicos abrojos.

Aunque me emborracho por perderte
o me atiborro de estar hueco
de ti, para encontrar quién eras.

Uñas para rascarme alargo
insuficientes; y estos huesos,
ya sin su vestido, se me salen
y te los mando, y en tu almohada
los dientes pela, ojos redondos,
otra calavera que es la mía.

Y habrán germinado qué semillas;
cuánta mala hierba habrá crecido
que, hendido sus sílabas vetustas,
hace que salten mis palabras:
losas de pavimento rotas
en la ciudad que fue del canto.

Con la idea de seguir pensando en esta inoportuna foto me retiro, que aún faltan algunos versos más. No obstante, me despido con un verdadero clásico, un greatest hit de la poesía universal, mientras lo leen, tomen un trago más de su bebida favorita y busquen entre sus curiosidades "Por que me faltas tú" de Manuel M. Ponce. Disfruten, y dejen rodar una furtiva lágrima.

JFC

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora

2 comentarios:

J. Roberto Cruz-Arzabal dijo...

Maestro, ¡qué final! Eso es tener buen gusto digo yo. A Villaurrutia le conozco mejores, menos, no sé, indignos, menos cobardes. Después de leer a Cernuda uno se da cuenta de que todo lo amado debe ser nombrado, aunque sea, en versos.

Un fuerte abrazo.

Jesús Francisco Conde dijo...

Tienes razón, debí haber puesto alguno del "Canto a la primavera..." pero, qué quieres, uno es así; creo que el amor (o el mío por lo menos)tiene algo de indigno y de cobarde. Aunque te concedo razón, algo digno de amarse es digno de escribirse. Y viceversa.
Gracias por tu lectura hermano.