jueves, agosto 24, 2006

Y VUELVE LA BURRA AL TRIGO

Aquí está, inexistentes lectores, un adelanto de una historia que empecé a cocinar hace tres años en un registro civil y que se ha transformado en apuntes para una novela que espero acabar antes de que el Dr. Simi asuma la presidencia de este país. Es un capítulo de esta historia que aún no tiene nombre, si alguien quiere sugerir alguno, será bienvenido.
Saludos,

JFC

PD. "No me fumes en la cama porque me quemas el colchón" no es opción para nombre de la novelilla.

Augurio

¿Te acuerdas? Yo estaba más espantado que tú. Era ya de madrugada y decidimos aprovechar la última hora. ¿Cómo íbamos a saber que sería la última vez? Tu cuerpo lo sabía y no lo escuchamos. Hubiera sido mejor. Hace ya varios años que pasó y de habernos dado cuenta de esa señal nos hubiéramos ahorrado muchas cosas.

Todo empezó bien: algunas caricias, tu miedo, mis ansias. Cautelosamente nos cubrimos con la sábana, te quitaba la ropa y queríamos innovar. Quedaste encima de mí. Tu cabello caía por tus hombros ocultando la sonrisa placentera de tus senos. No fue mucho, tal vez algunos minutos y te saliste; nos desprendimos; una suave queja inaudible fue el único aviso. ¿Cómo no lo pensé?
Unas horas antes salíamos de aquélla casa en la colonia Roma. ¿Te acuerdas? Tú llegaste con algún desconocido mío. Entre tanta gente pudimos reencontrarnos, mirándonos culpablemente, con algunos escarceos ocultos. Éramos dos niños jugando. Creo que era octubre. Salimos del lugar: Chilpancingo 25, no se me olvida. Subimos presurosos al carro para llegar cuanto antes. Corrimos a mi cuarto, nos recostamos y la prisa se convirtió en ternura.

A quién le importa lo que pasó después. Nos separamos y no nos hemos vuelto a ver. Supongo que, algunas veces, una lágrima furtiva evita que seas feliz. Yo no lloro más. Sólo me sigo preguntando porqué no me di cuenta. Estaba embelesado mirándote musitar las caricias que mi boca te prodigaba.
Era claro: tu cuerpo siempre vidente de mi destino nos lo dijo; no lo quisimos escuchar. ¿Qué pasó después? No lo recuerdo, esa fue la última noche que estuvimos juntos. Tú lo sabías sin saberlo. Nuestros cuerpos se desprendieron y entre tus piernas corría un pequeño hilo de sangre: sería la única lágrima que llorarías por mí. Así, sin saberlo, lo supiste. Y yo no te escuché. Amaneció.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

y sigue siempre Corso, que la vida te premiará...
Sigue deleitandonos con tus historias....Luna

Anónimo dijo...

LA SONRISA DE TUS SENOS???

Anónimo dijo...

Eras la última persona que imaginé anduviera por estos lugares del ciberespacio, y es que eso de escribir se te da pero no en estos lugares, no es que esté mal, sino que algunos nos da miedo dejar toda la vida en estos blogs. Espero que tu blog no sea opacado por otros de los cuales es muy lamentable su uso, lo leeré y espero que lo aproveches bien; un saludo.