lunes, octubre 02, 2006

DESPUÉS DEL FIN

Ya sé que suena un poco catastrófico el título, pero sólo me refiero al fin de semana y al exabrupto futbolero debajo de estas líneas. (Que por cierto sigo saboreando).
La vida vuelve a esta oficina del centro de la ciudad y el trabajo pendiente se ve interminable, antes de enfrascarme en la cotidianidad de la gestión y promoción cultural, un par de apuntes que no quiero olvidar.

1. LA BARRANCA

Tuve el acierto de sacudirme un poco la flojera del viernes y aventarme hasta el Lunario del Auditorio Nacional. Después de perderme y andar desesperado en el Bosque, en Constituyentes, en Periférico, en Lomas Altas y en quién sabe cuántas calles más, llegué al Lunario dos horas antes de la hora de entrada, esto es tres horas antes del inicio del toquín y casi cuatro antes de que tocara el grupo principal. Por si no fuera poco esto, asistí solo y mi alma y veía con envidia, enojo y un poco de amargura cómo todos se reían, platicaban de los grupos, fumaban y hacían menos tediosa la espera; claro, mi insociabilidad y mi incapacidad de comunicarme con cualquier otra persona que no sepa mi nombre me llevaron a aguantar resignado la espera. Detrás de mí llegó un hombre y se formó; "bueno, no soy el único güey que está solo" pensé aliviado. Tenía que haberlo previsto, unos minutos después llegó la novia del individuo y sí, era el único güey solo.
Me ahorro los detalles de mi soledad y platico un poco de lo importante, el recital que ofreció La Barranca. Para calentar motores, Siconauta abrió la noche. Con una voz grave y rasposa el cantante, copia fiel en su aspecto al vocal de Smashing Pumpkins, era el elemento idóneo para un grupo con sonidos electrónicososcurospoperospunketos. Muy buen grupo con una calidad interpretativa bastante buena, las letras, pese a ser muchas veces lugares comunes, se salvaban un poco por la calidez vocal del SimiCorgan.
La Barranca fue simplemente escalofriante. El vínculo entre sus seguidores es fuerte, el grito de "maestros", "pistolas", "dios" y hasta "mesías" se escapaban de más de una garganta. Alonso, aparte de una persona cortés y talentosa (difícil mezcla) es un bajista de ilimitados recursos: tapings, slaps, slides se regocijaban en las cinco cuerdas de su bajo Fodera. Es tan bueno que se da el lujo de recriminar a su público: "¿Qué creen, qué creen, qué creen cabrones? Ya empecé a tocar". Sin asomo de cansancio, durante las más de dos horas arengó, saltó, cantó, saltó y compartió con el Lunario toda su energía.
Alejandro Otaola es un espectáculo espigado, casi endeble. Con un gorrito chistoso (perdón, no sé cómo se llama) que simula unas rastas que bailaban al son de la música, Otaola entró en un trance peyotéico; jugaba con la música, la vivía, cada acorde cimbraba su espacio: microcosmos armónico. Una guitarra virtuosa que, ya siendo la líder o acompañando a la de Aguilera, recorría cada centímetro del lugar.
Chema Arreola, el más discreto junto a José Manuel, con sobriedad, elegancia y una entrega el menor de los Arreola hacía cantar a los toms. El reducto blanco de una Yamaha Custom fue la trinchera de este baterista que lleva el ritmo sin mácula alguna.
José Manuel Aguilera no será una voz excepcional, pero sí es única y es el sello de este cuarteto. Además, su inconfundible guitarra sonó mágica y seductora. Cada armónico artificial, cada escala menor armónica, melódica y bachiana refocilaron en los oídos de los asistentes. Esa guitarra es deslumbrante, así como todo el concierto. Gracias a La Barranca por el concierto.
Dos guitarras, una batería y un bajo. ¿Para qué más? "The old school" Con una base rítimca poderosa y armonías complejas y electrizantes me pregunto: ¿para qué sonidos electroespacialestipoestarguars y un melífero pop insulso hasta la saciedad eufemísticamente llamado indie si con honestidad y trabajo se puede formar uno de los conceptos más genuinos y mejor trabajados? En fin, eso es otra cuestión, pero de que estos músicos se la rifan, se la rifan.
2. Defectuoso news
Mientras esperaba la entrada al concierto de La Barranca, una llamada presagió mi esplendoroso fin de semana: mi hermano José Roberto Cruz Arzabal me invitó a una cena que celebraría la unión de este novel poeta con su novia. En este Albur de amor, como diría Bonifaz, los dos ya ganaron. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, pero es su momento y su estación. Juntos sufrirán, reirán, adolecerán y presagiarán el amor. Felicidades, desde aquí un amigo les desea una larga vida juntos.
JFC

1 comentario:

J. Roberto Cruz-Arzabal dijo...

Mi hermano, estoy que lloro de la emoción ante tu caluroso recibimiento a la vida en amasiato. De parte de mi Señora y el mío, el mayor de los agradecimientos. Un fuerte abrazo (y snif, snif, para documentar nuestro sentimentalismo... 'ora que está de moda Monsi, y a pesar del trotsko tío de Rosario)