viernes, junio 29, 2007

APUNTES VARIOPINTOS

Descanse en paz. Fue una mujer que sólo supo dar amor, como dice mi señor Padre. Ya merecía descansar, más de ochenta años en que todavía cocinaba para sus pobres de la iglesia. Ya no veía pero seguía repartiendo lo que nunca tuvo. Esa es fe chingao. Y ella la convirtió en ética. La recuerdo con cariño, como una de las mejores cocineras, como una tía distante pero presente. En Atlixco, en aquella vecindad grande que pensé que nunca volvería a ver, donde pasé tantos veranos y tantos juegos y lágrimas compartidos. Regresé a un velorio, supongo que la vida es así.


Pero puedo celebrar que ella descansa, insisto. Y que esa ciudad poblana tiene un encanto revitalizador, tal vez sea nostalgia, pero sus pambazos, chalupas, tostadas y demás manjares se pueden comer en la "plaza" todavía. Adoro esta ciudad. Además, de un par de años para acá hay un motivo más que me une a ella, entre las personas distinguidas está mi Padre. Lo inmortalizaron (ja, suena raro) en un mural junto al dramaturgo Héctor Azar y el biólogo Isaac Ochoterena. Para mí, sólo falta el espléndido actor Rafael Velazco. Sería un buen homenaje al amigo fallecido ha pocos años. Aquí les dejo la imagen del poeta, bueno, un poco maquillado, con los ojos y las cejas delineadas pero mi padre al fin y al cabo.

II. En mi ardorosa travesía por esta entrañabilísima Ciudad de México he conocido mujeres bellas, interesantes, guapísimas, lindas, hermosas, cautivadoras, encantadoras, etc. Pero hace ocho días, un aciago viernes como hoy, conocí a la mujer más bella de todas. Era la Gracia en persona. Morena, ojos verdes, alta, en un vestido negro que se ceñía a su piel como el sol en el Pacífico (perdón la cursilería pero así era), estaba a punto de ser asunta. Al más puro estilo de Remedios la Bella. Y García Márquez se quedó corto. La gracia de la imperfección se delineaba en su vientre, con un dejo de candorosa lascivia que me dejó sin palabras.

En un céntrico restaurante de Esmógico City (como diría el maestro Pepe de la Colina), en El Cardenal, delicioso lugar en que lo único malo es que llegan muchos hijos de puta (llámese diputados y anexas) ella traía una deliciosa botella de Appleton State que en sus manos se traslucía Ambrosía. De verdad, si alguien sabe de quién estoy hablando, si la han visto o si llegas a estas líneas, sólo deja tu nombre, con eso me basta. Sé que no la volveré a ver y no importa. El rayo en la médula espinal cuando vi sus ojos y la sangre de mi torrente alcóholico revolucionada al recordarla es suficiente. Pero me cae, y perdón Don César, que hay golpes fuertes en la vida, yo no sé. Y recordé a Lizalde, al mismísimo Tigre, que cerrará estas líneas. De La Zorra enferma, Bellísima:

Y si uno de esos ángeles

me estrechara de pronto sobre su corazón,

yo sucumbiría ahogado por su existencia

más poderosa.

Rilke, de nuevo

Óigame usted, bellísima,

no soporto su amor.

Míreme, observe de qué modo

su amor daña y destruye.

Si fuera usted un poco menos bella,

si tuviera un defecto en algún sitio,

un dedo mutilado y evidente,

alguna cosa ríspida en la voz,

una pequeña cicatriz junto a esos labios

de fruta en movimiento,

una peca en el alma,

una mala pincelada imperceptible

en la sonrisa...yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,

bellísima;

no hay una fronda de reposo

para su hiriente luz

de estrella en permanente fuga

y desespera comprender

que aun la mutilación la haría más bella,

como a ciertas estatuas.

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