martes, julio 14, 2009

CÓMO HEMOS CAMBIADO

Inexistentes lectores, aquí estoy escribiendo para ustedes después de un tiempo de no hacerlo. Cumplí 26 años en medio del hastío y la alegría, del dolor y de la sonrisa, de la cerveza y de la comida a las tres de la tarde en una burocrática fonda del centro histérico. Estoy esperando... espero mientras los primeros días de mis 26 se suceden sin pasión. Te espero a ti, a que te decidas; espero tu beso; espero no haberme equivocado; espero resultados; espero terminar ciclos; espero tantas cosas. Ahora, por cierto, espero una llamada.


Mi vida es muy distinta a la que imaginé alguna vez. Tal vez ni siquiera me imaginé a mis ya veintitantos años. No estoy satisfecho. Estoy contento pero no satisfecho. Me faltan tantas cosas por hacer que espero cumplir con todo, con mi vida. Alguien me dijo que entre más alta la nube más fuerte era el golpe. Eso sí, pasan los años y mi nube vuela cada vez más alto; ergo, el madrazo será durísimo. Espero que no me rompa el cuello cuando llegue.


Estas divagaciones a propósito de esperas surgieron en la mente que hay en mi cabeza (a veces) al enterarme de que una mujer, un primer gran amor y dolor a la vez estaba en la ciudad. Algunas canciones, cuentos y tardes cayeron en mi candorosa piel a su lado. Yo tenía 19 años. Y lloré como sólo a esa edad pude haberlo hecho. Se fue y pasé largas noches lamentando su partida. Me puse la soledad como cota de malla entre la camisa y la piel y seguí con mi vida. Desde entonces me he vuelto mejor músico, he publicado, ya trabajo, han pasado indescifrables brazos por mi cuello, he llorado, bebido y escrito canciones que ya no son para ella. ¡Caray! Llevo hasta algunas presentaciones como actor. Y me empieza a gustar.

Tantas cosas han pasado en siete años que hasta me da miedo recordarlas. Tal vez sólo quiero recordar algunas cosas que pasamos durante esos interminables meses que siempre sí terminaron: me presenté en el Palacio de Bellas Artes una noche de noviembre; ella pasaba noches enteras entre mis sábanas y mis inexpertos besos; con ella vislumbré cómo era eso de querer; fui a museos; supe lo que era la amarga sed de alguien; escribí una buena canción y un buen cuento. Incluso, ese cuento me lo publicó años después Fernando Reyes en Fantasiofrenia II y a los chicos del CCH les gustó mucho.

Ahora ella vino de visita a la ciudad. Hace varios años que se fue a un insondable rancho en Veracruz y hoy me mandó un mensaje. Hasta platiqué un par de minutos con ella. Terminé mi trabajo y me fui a mi casa. No fui a verla. Si hubiera sido hace siete años hubiera corrido o abandonado mi clase de Lingüística por verla; hubiera deambulado por el metro Chabacano a las once de la noche pensando en cómo regresar a casa. Ahora, eso sería lo de menos. Tengo carro y ya puedo pagar un coche de alquiler. Sólo caminé por Donceles y sonreí. Al otro día entré a un cine, me senté en la sala ocho del Palacio Chino y bebí mi Icee de limón. Me aburrí sin remordimientos con Antonio Banderas y Morgan Freeman. De mi lado derecho, atentos, unos ojos descifraban las vueltas de tuerca de la peli y un helado de moka hacía fiesta con su lengua. Un beso o una risa, no lo recuerdo. Sólo sonreí y dejé esos siete años en las agendas que nunca llevo.
¡Cómo hemos cambiado!

JFC

1 comentario:

Adriana del Moral dijo...

Dicen que se llama madurar. Creo que sería más justo decir "envejecer". Y quizá simplemente es cambiar. Tampoco me encuentro ya con él en los metros Chabacano de este mundo.

Y sin embargo estoy contenta y feliz. Como a los diecinueve, pero mejor porque tengo veinticinco.

Quizá por esa resistencia al envejecimiento precoz huí de tu jefa y las oficinas. Quizá un día me obligue a rendirme. Quizá uno sí gana al final.

P.D. No fui a lo de Nine Rain. Esta semana, la sección es en domingo, y ante inexistencia de máquina para viajar al pasado mi productor me hubiera mandado al diablo. Mejor me mandé sola.