martes, agosto 30, 2011

116

Van ciento dieciséis días sin ti. En realidad, no cuento el tiempo para decírtelo sonriendo cuando te vea. Lo hago para saber en qué momento me dejas de importar. Cuándo dejaré de soñarte y de pensarte; de recordar tu olor y tus besos; de soñar que estoy contigo en un avión a Barcelona. Lo hago para mantenerme vivo y cerrar de a poco la herida que dejaste abierta en mi vida. No tengo nada. Y de eso, claro está, tú no tienes la culpa. Sólo es que tú hacías los días más soportables, más llenos. Hasta con tus arranques de princesa le dabas algo a mis tardes y a mi ciudad.
Hoy compraré dos copas y tres botellas de vino. Llenaré las dos aunque la tuya se quede llena. Nunca bebiste demasiado conmigo, dos o tres micheladas que, definitivamente, no puedo volver a probar. Cantaré canciones que no conoces y algunas que te escribí. Probablemente ya las olvidaste o, mejor dicho, nunca las aprendiste.
Te quise tanto que duele un poco pensar que debo querer igual. Una cajetilla de cigarros completará mi tarde.
¿Sabes? Aprendí Serenade de Schubert y varios minuets en el piano. Empecé a correr y quiero competir en una carrera de cinco kilómetros. El libro que te escribí sigue aquí, en mi computadora sin visos de que salga pronto. Creo que tendré que escribirte otro si quiero sacarte de mí. Prefiero no hacer ninguna de las dos cosas.

JC

2 comentarios:

Anónimo dijo...

el tiempo es mal aliando del amor y fiel amigo del olvido....
Luna (tqm y te extraño)

Anónimo dijo...

Dejar al libro que se arme extremidades con las líneas no leídas por "eco de tacón"...
Dejar que corra a sacudir las mil palabras, pero antes, instrúyale para que el ataque ¡no resulte ofrenda!.