lunes, febrero 20, 2012

In hoc signo vinces


Escribí esta introducción para un artículo que no era mío. Lo releí y me di cuenta que es lo único que he escrito en meses. No tengo ansias de escribir, creo que nunca he tenido qué escribir. Sólo tenía un pretexto de ojos miel que se fue a habitar otras páginas. Lástima, las mías quedaron bastante bien aunque siguen encerradas en un disco duro. Seguirán así por lo visto.
Desvelado y en bancarrota, cansado, desilusionado. Necesito cambiar de aires, ¿alguna sugerencia? 

JFC


In hoc signo vinces

En el extremo oriente de la ciudad de México se yergue uno de los barrios más antiguos de la capital. Entre la llamada "zona de tolerancia" y el comercio antiquísimo que se remonta a finales del siglo xvi, este populosos barrio se solaza entre el sonido de los "diablitos" que cargan mercancías  variopintas y el sudor añejo de los mecapaleros que, medrados en número, se resisten a abandonar las calles que han sido suyas durante tantas décadas.
            Es La Merced, violenta y entrañable, con sus históricos mercados finiseculares minados por la central de Abastos en la década de los ochenta; la Merced, refugio de sicalípticas musas que en círculo levantan el polvo que testuces inflamados por el deseo aspiran; la Merced, con su brevísima capilla que hace gala de su nombre, "la Humildad", y que en ella los descendientes de Barrabás y de María Magdalena ofician. La Merced, barrio viejo que guarda entre la vetusta cantera la cruz de la Soledad y labrada en piedra la consigna vital: "con este signo vencerás".
            Alberto Cadena ha llevado sus veintisiete años a cuestas entre el barrio mercedario. En sus entrañas ahora dirige el Colectivo Medical Sound Planet y produce actividades musicales desde hace cinco años. Él conoce el corazón de este polígono de un kilómetro cuadrado que resguarda casi el cuarenta por ciento de los edificios catalogados en la zona de monumentos históricos y sabe de las vicisitudes de la marginalidad. "Las familias disfuncionales, el narcotráfico y la prostitución son una constante en la población joven de la zona. Los jóvenes en el barrio viven en un ambiente tan violento que no les deja interesarse en proyectos culturales”, añade con recelo en la mirada que se pierde entre el tráfago comercial. Frente a él, uno de los tantos lugares que existen en esta zona para calmar la sed o amainar la angustia de un despecho amoroso empieza a abrir sus puertas. Es el "Centro de salud", irónico modo de llamarlo, asaz certeza irrenunciable, donde Erick Morales se ostenta como encargado de relaciones públicas del bar. Él afirma que en un principio pretendía convocar a los jóvenes de la Merced, sin embargo, debido a las dinámicas violentas que éstos han tenido en su espacio, prefirió “atraer personas de otras corrientes alternativas, como los punks o los darketos”.
            Es la desolación y el estigma que los barrios más viejos guardan entre sus lozas: Mixcalco, Garibaldi, Atlampla, Guerrero, Tepito, Obrera. A fuerza de puños y tarascadas han conseguido esa ignomiosa fama, pero los tiempos cambian. ¿Hasta dónde es la ficción y hasta dónde la cotidianidad? La Merced, junto a muchos otros barrios, es un constructo que habita en un imaginario social endeble. Se prejuzga sin conocer sus calles, sin percibir el aroma de su comida, sin disfrutar de la plácida conversación de su gente, sin saber que entre el halo de leyendas, misterios y la furia, se gestan nuevas posibilidades de ver el mundo.

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